Reseña: Los que miran, de Remedios Zafra

Remedios Zafra: Los que Miran. Fórcola ediciones, 2016.

De Remedios Zafra había leído sus libros de ensayo sobre ciberfeminismo y cultura digital, y ya me gustaba su prosa ágil y potente a la vez, honesta y descarnada, valiente y afectuosa, cuando me vino al encuentro Los que miran, su primera novela, del 2016 -es decir, mucho más reciente que su obra filosófica-, y me secuestró la curiosidad de leerla en otro registro.

Los que miran, un libro denso, sin huecos, no es un ensayo: desde luego es una novela. Quizás podría llamarla una “novela del yo” si me gustaran las etiquetas, porque desde la primera frase la lectora es conducida ante ese yo del único personaje, que lo ocupa todo.

Mi primer descubrimiento fue que a su conocida pasión y profundidad le añadía, ahora, un elemento poético. Lo que Remedios Zafra nos dice, porque es a los lectores a quienes se dirige directamente, se vehicula a través de imágenes, metáforas y trasposiciones, con los que se entrelaza la reflexión filosófica y la indagación personal en uno de los momentos más duros de la vida de una persona: la pérdida de un ser amado en circunstancias trágicas. En “Los que miran” asistimos en primera línea al derrumbe del mundo de la protagonista y al lento y doloroso resurgir a través del duelo.

El contexto físico, ese pueblo blanco del sur en pleno verano ardiente, rememora atmósferas lorquianas de tragedias vitales en mundos cerrados, asfixiantes para el individuo, que es aniquilado sin remedio por la fuerza del grupo, de “la tribu” en palabras de Zafra. Y ese es, a mi parecer, el gran tema de esta novela: el empeño de la protagonista por defender una libertad amenazada por las circunstancias cuando su único hermano viudo muere dejando un huérfano de cinco años a cargo de los abuelos paternos, que viven en ese pueblo del sur. Ella, la tía, la “tita” en la expresión andaluza, deberá enfrentarse a la presión de una cultura tribal que la conmina a quedarse allí, de luto por su hermano, cuidando de ese niño. Con un enorme esfuerzo logra salir del encierro de meses en ese estado, aunque con un alto precio que podemos reconocer todas las mujeres que venimos de esa cultura: “Un malestar que en formas abstractas habita mi cabeza y que yo atribuyo a un cordón feminizado con mi conciencia, alimentando injustamente mi culpa”.

El título nos anuncia otros de los temas clave: la mirada y los otros. El texto está sembrado de una gran variedad de palabras de esa familia semántica: ojos, párpados, mirar, ver. ¡La cita que elige de Virgina Woolf es tan acertada! “No son las catástrofes, los asesinatos, las muertes, las enfermedades los que nos envejecen y nos matan; es la manera como los demás miran y ríen y suben las escalerillas de bus”. Remedios Zafra indaga, como Virginia, en la influencia de los demás en nuestras desgracias, clamando por “si los que miran y callan pudieran mostrarnos así una solidaridad si no sincera, simbólica. Porque Manuel mercería algo más que un arrepentimiento callado de los ojos que lo arroyaron cuando vivía”. Y reserva para el último párrafo del libro una salida a la distopía claustrofóbica que ha producido la muerte de su hermano Manuel: “Quisiera creer que en esos sitios que encontraremos hay miradas que acogen sin asfixiar”.

La forma de superar la angustia del duelo, en una tradición también muy del sur, en donde “los muertos de después de morirse, lo que queda sin cuerpo, sin muerto” se pueden ver, o las Vírgenes aparecer, es dándole una presencia al ser querido que se ha perdido, encarnándolo en unas canicas de cristal, “con esas esferas de cristal donde se ha quedado la mirada de mi hermano, donde vive algo de un muerto”.

La pantalla, lo virtual, lo cíborg, están también presentes, como una conexión con el resto de la obra ensayística de Remedios Zafra, una de las más importantes teóricas de esa temática en España. Y especialmente con ese amor, J., sin materia pero invocado y real, que abre el hueco por donde salir de la “tribu, la manada, el enjambre”, y transitar, como dice el personaje, al final, “en aquellos mundos (…) donde no tengamos necesidad de presentarnos como un circo de monstruos que vocee: “Érase una vez un niño huérfano, una mujer-dañada, un amor-máquina y unos ojos de cristal, que llegaron aquí y que vivieron”.

Gracias Remedios por escribir las cosas que necesitabas decir pero que no querías decirnos, tan privadas, tan valiosas. Tal y como pedías las he mirado como esa secuencia de horizontes de la página 110. Ha sido un regalo acompañarte.